RAZONES PARA NO MENTIR: Lo que aprendí mintiendo

by - martes, octubre 08, 2019


-¿Quién es absolutamente sincero?

Aunque la mayoría de las personas (si no todas) alguna vez hemos mentido, casi siempre resulta incómodo admitirlo. Tal vez esto tenga su lógica, ¿es igual quien te miente una vez que quien lo hace repetidamente? Cuando calificamos a alguien de "mentiroso/a" los factores intensidad y frecuencia parecen ser los determinantes, pero si habláramos en términos absolutos, ¿quién sería realmente sincero?

-Feedback: razones que hacen reflexionar.

Esta reflexión que hoy voy a compartir me surgió a principios de agosto, cuando salí al balcón una noche en busca de la triste brisa veraniega.
A veces suele ser difícil apreciar de noche el brillo de las estrellas en los cielos de las grandes ciudades españolas. Sin embargo, aquella noche yo me encontraba en un punto lo suficientemente oscuro para distinguir tan majestuosa noche estrellada. La tranquilidad y la magia que se respiraba en ese momento, se puede decir que "activó mis neuronas".

Por alguna extraña razón, sentía aquella como las noches que pasaba en algunos pueblos ecuatoguineanos. Mi interior divagaba sobre el gusto que me podría dar quedarme así eternamente. Ya sabéis, esa sensación de paz y armonía con el universo. Pero, mi grato momento de sosiego no tardó en verse interrumpido, pues atravesaron mi cabeza una serie de preguntas: ¿Por qué a veces es difícil asumir la realidad?, ¿por qué nos mentimos y les mentimos a otros?
Preguntas como esas fueron las que, unidos al ambiente que envolvía el momento, me llevaron a un verano en el pueblo de mi abuela, cuando yo era aún adolescente. Y sí, os contaré lo que aprendí mintiendo, lo que me ocurrió aquel verano concreto y las moralejas que saqué de dicha historia, historia que también os podría servir para sacar vuestras moralejas.


Como ya sabéis muchos de vosotros, cada país y sus localidades normalmente tienen sus festividades, y Guinea Ecuatorial (donde nací y pasé muchos años) no es una excepción.

No era extraño que cuando había alguna celebración en un pueblo, por ejemplo, acudieran a la misma personas de los pueblos vecinos. Es más, durante el verano se celebraban demasiadas fiestas y la gente hasta compraba con antelación la ropa que se pondría en cada una de las fiestas que pensaba acudir, y teniendo en cuenta que solo el hecho de tener a un amigo, primo o conocido allí ya era una carta de invitación, pues eso podía significar que irías a todas las fiestas. Estaba extendida la frase “el invitado no invita”, pero tú sabías que si estabas invitado a una fiesta toda la familia podía ir perfectamente.

-Preparando las vacaciones de verano.

Los que veníamos de la ciudad nos preparábamos con especial entusiasmo para los veranos, en nuestro caso, solían ser en el pueblo con los abuelos. Recuerdo incluso que cuando era más pequeña, mi madre nos preparaba para las vacaciones de verano dándonos unas duchas especialmente especiales, como si pretendiera quitar todo el polvo que habíamos acumulado durante los meses previos. A las niñas nos trenzaba bonito, para los chicos eran los cortes de pelo que estaban de moda en la época. Nos compraba ropa nueva y llegábamos relucientes y todos guapísimos al pueblo.
Una vez en el pueblo donde vivían los abuelos, volvíamos a hacer las maletas para visitar a la familia del pueblo de mi abuelo y pasar una temporada en el
pueblo de mi abuela. Allí nos encontrábamos con muchísimos primos y tíos, los nietos de los hermanos de la abuela y sus muchos hijos. Eso era como uno de esos campamentos de verano, solo que en familia.
Hacíamos muchísimas cosas juntos. Durante el día jugábamos tras realizar todas las tareas que nos correspondían, por las noches nos reuníamos con el abuelo que contaba los mejores cuentos y nos hacía pensar y reír muchísimo a través de esas historias, jugábamos también a juegos nocturnos (ahora que los recuerdo, todos tenían moralejas), estaban como pensados para hacerte pensar. Aprendíamos los unos de los otros y, claro, sin faltar las típicas riñas que siempre surgen en todos los grupos de convivencia.

-Lo que hicimos aquel verano: nuestra gran mentira.

Una de las cosas que hice con mis primas es la que da título a este artículo: mentir.
Normalmente, todos los abuelos nos dejaban acompañarlos a las fiestas de los pueblos vecinos, salvo a las fiestas que se celebraba en un pueblo concreto.
Ellos decían que era peligroso acudir a las fiestas de ese pueblo porque casi siempre acacaban mal (era raro que no muriese alguien en una fiesta de ese pueblo-algo muy misterioso).
Privarnos de ir a esa fiesta no nos hubiera sentado tan mal si a los chicos no les hubieran dado permiso, ellos sí que podían ir porque iban a ayudar a los tíos y abuelos con la construcción de los recintos para los bailes. Y claro, después de tanto trabajo habría que disfrutar un poco, además de que ellos eran más fuertes.
De hecho, los primos más pequeños y que no podían realizar dichas tareas se quedaron en casa.
Si bien esas fiestas tenían fama de peligrosas, también las tenían de divertidas, y nosotras no teníamos la intención de faltar.
Intentamos por todas las vías diplomáticas posibles para que nos dejaran ir, hasta acudimos a las abuelas para que hicieran entrar en razón a los abuelos y tíos, porque esos hombres solían hacer caso a sus mujeres (pensamos que eso nos ayudaría). Pero nada, ni siquiera ellas estaban de acuerdo, nos repitieron que era peligroso y dijeron que no querían vernos allí bajo ningún concepto.
Nosotras hacíamos caso a lo que nos decían la mayor parte de las veces, pero en esta ocasión decidimos ir a esa fiesta, por las buenas o por las malas.
Irían otros jóvenes de los pueblos vecinos, los grupos de baile más divertidos, los chicos que nos gustaban secretamente o que podíamos llegar a conocer (y más guapos que cualquier otro día), pero ellos pretendían que fuéramos las únicas ausentes.
En definitiva, pensamos en un plan que en nuestras cabezas era muy perfecto y hasta inteligente.
Como al tener a tanta familia junta la comida y las reservas terminaban rápido, ¡cómo comíamos!, siempre era necesario traer más comida y reponer las despensas. Así que, nosotras cogeríamos las herramientas necesarias y diríamos que vamos a por fruta y comida a la finca de una de las abuelas (que era justo la que quedaba en la dirección del pueblo de la fiesta), cada una de mis abuelas tenía como alguna plantación distinta en su finca, y elegimos la fruta que había en la finca de esa abuela porque nos daría una excusa para ir por esa dirección.
Si a todos les gustaba esa fruta tampoco pondrían pegas. Necesitábamos un motivo "verosímil" para elegir esa dirección y nosotras creíamos que eso ya estaba resuelto.
La distancia entre los dos pueblos era larga no, lo siguiente. Cosa que empeoraba teniendo en cuenta las cuestas tan altas del camino. Con cada subida o bajada se te iban las piernas (y otras cosas), literalmente. No era cómodo subir ni bajar.
Los abuelos sorprendentemente no nos pusieron pegas para tomar esa dirección aun con la excusa que habíamos dado, creo que pensaron que a nadie se le ocurriría hacer ese recorrido a pie, que incluso en coche ya era complicado. Intentar aquello era una gran locura.

Total, entre las herramientas que cogimos estaban las cestas, las elegimos porque la "mentira" debía parecer creíble. No ibas a ir a por fruta y comida sin llevar algo para su almacenamiento, además de que las cestas nos permitirían esconder la ropa que después usaríamos para la fiesta. Si íbamos a ir a la fiesta sería necesario llegar con nuestra mejor ropa y no esos trapos que llevábamos para recoger fruta y realizar las demás labores en la finca. Por su tamaño, las cestas, vistas desde cierta distancia parecían perfectamente vacías. Así fue como emprendimos nuestra aventura, tan ilusionadas porque nos saldríamos con la nuestra (el nivel de complicidad era increíble -y pensar que era para hacer algo malo).
Llegamos a la finca, hicimos el trabajo que teníamos que hacer y llenamos las cestas de comida (porque en nuestra cabeza todo debía parecer verdad).

Una vez terminadas las tareas, tomamos las bolsas de ropas y nos fuimos dirección a la fiesta.
Caminamos durante largas horas, no sabría decir los kilómetros ahora, pero nos dolía todo con cada cuesta que subíamos o bajábamos. El dolor era ignorado porque nuestra ilusión era más grande que eso.
Por fin llegamos a un río que había cerca del pueblo de la fiesta, nos duchamos y nos cambiamos de ropa.

-Llegamos al pueblo, ¡Que empiece la fiesta!

El pueblo estaba lleno de gente, y una vez allí, el plan era intentar que no nos vieran ninguno de los abuelos. Las abuelas y los primos nos podían ver, pero los abuelos y los tíos no. Sabíamos que nuestro castigo podía ser muy duro, y contábamos con que aunque los primos y las abuelas pudieran sentirse molestos, no nos iban a "traicionar" porque no querrían vernos en esa situación.
Nos divertimos mucho y conocimos gente, tanto chicas como chicos. Nos vieron algunas abuelas durante la fiesta y se enfadaron como era de esperar.
Al final del día pasó lo que nos advirtieron, tuvieron que llevar un chico de urgencias al hospital más cercano porque casi se le parte la cabeza por la caída de la rama de un árbol cuando paseaba por los alrededores del pueblo (siempre pasaban cosas extrañas en ese pueblo, demasiados misterios tenía). No sé si ese muchacho sobrevivió a día de hoy.
Una vez terminada la fiesta, y ya bien entrada la noche, uno de los primos cogió el coche de mi abuelo para llevar algunas cosas y a algunas personas de vuelta a casa. Nos dijo que ya no había sitio en el coche, además de que se le notaba muy molesto por el tono. Dijo que podíamos volver como habíamos llegado.
Lo que pasaba con nuestros primos era que ellos podían tener novias y ligar, pero no les hacía gracia que ningún chico se nos acercara, cosa que en una fiesta como esa evidentemente iba a pasar. Según ellos esos chicos no eran serios.
En fin, no nos quedó otra que volver a casa caminando. Ahora no solo estaban la distancia y las cuestas, sino que además era de noche y estaba todo literalmente a oscuras. Emprendimos nuestro camino sin una visión de dónde pisábamos. Yo sentía un miedo terrible, aunque como iba en grupo se me hacía más llevadero.
Nos dolía todo y ahora era más notable porque ya no estaba la ilusión en nuestras cabezas sino que ya podíamos ver la realidad como era.
Llegamos finalmente a la finca de la abuela, sí, teníamos que recoger las cestas y llegar a casa con la comida que supuestamente habíamos ido a buscar. Incluso en este punto, el plan seguía en pie porque los abuelos "en teoría" no nos habían visto.
Algunas primas que sí pasaban más tiempo en el pueblo, ya conocían esos caminos como la palma de su mano. Aun estando a oscuras sabían a qué altura estábamos en cada momento, y quieras o no eso te da cierta confianza, teniendo en cuenta que la sola idea de perderme en uno de esos bosques me aterraba.
Recogimos nuestras cestas que, por cierto, eran muy pesadas. En ese momento, no solo estaba la distancia que quedaba por recorrer, las cuestas, el cansancio y dolor de pies, y la oscuridad. Ahora añadiríamos un peso a nuestras espaldas.
Caminamos como pudimos hasta llegar a nuestro pueblo. Estábamos casi muertas del dolor y nos reunimos en la cocina de una de las abuelas, donde cada una lloraba en una cama por el dolor de pies y de espalda (las cocinas de los pueblos solían ser grandes y tener camas).
Como diez minutos después de nuestra llegada, también llegaban los abuelos. Le preguntaron a las abuelas que estaban ya allí por los motivos, y ellas dijeron lo que había pasado.
Los abuelos en lugar de castigarnos como creíamos, nos dieron una charlita preguntándonos si creíamos que ellos "nacieron siendo adultos", entre otras cosas. Se burlaron un rato de nuestro plan y se pusieron todos a reír. No nos castigaron como esperábamos, supongo que mayor castigo que el que ya teníamos en ese momento no nos podrían haber dado. Pasamos un par de días aplicando agua caliente sobre las zonas doloridas (a mí me dolía la vida misma) y sin poder movernos apenas.

-Lo que aprendí mintiendo.

Esta es una de las historias que nunca se me olvidan, porque de ella pude sacar muchas moralejas, sobre todo porque fue la primera vez que mentí con toda la intención de hacerlo y sin importar lo que pudiera pasar, sin querer ser muy consciente quizás de ello. Fue algo que pensamos y preparamos, y ni siquiera tuvimos en cuenta que nuestros actos podían hacer que esas personas no volvieran a confiar en nosotras, a parte de que nos podía haber pasado algo peor. En ese momento lo más importante era la fiesta.
Lo que aprendí mintiendo es que aunque tú te creas más listo o inteligente que la persona a la que quieres engañar, puede pasar que su silencio no signifique que ignora la verdad o lo que pretendes.
Las mentiras, aunque en un momento dado pueden hacer que te salgas con la tuya, sus consecuencias pueden ser muy nefastas. En nuestro caso lo peor fue la salud, en mi vida había sentido tanto dolor corporal como el que sentí aquel día. Pero, también puedes perder la credibilidad, tu reputación se mancha, puedes perder dinero por las mentiras, amigos e incluso tu propia vida.
Todos alguna vez mentimos por la razón que sea, pero eso no quiere decir que no podemos aspirar a ser más sinceros cada día, sobre todo con nosotros mismos.
Si se te ocurren más razones para no mentir, déjalas aquí en los comentarios que te leo...

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