SI EXISTIERA LA CASUALIDAD. PALABRAS QUE MATAN Y OTRAS QUE DAN VIDA

by - lunes, julio 08, 2019



¿Existe la casualidad? Esta pregunta suena bastante filosófica y para algunos es sinónimo de aburrida. Pero, como mi intención no es la de producir aletargamiento voy a poneros un poco en situación...

Hace varias semanas me digné a realizar mi primera encuesta sobre LivAglaya en mi actual cuenta de Instagram. Lo hice porque sentía que necesitaba escribir y tenía varios temas rondando mi cabeza, aunque no terminaba de decidirme por uno. Dadas las circunstancias de aquel momento (periodo de exámenes), la que fuera la opción más votada sería redactada cuando hubiera finalizado con todas mis obligaciones académicas.
Los participantes solo tenían que elegir entre si escribiría la segunda parte de “Siete acciones que te podrían cambiar la vida” o si escribiría sobre “la fuerza de las palabras”. El 80% de los votantes eligió la primera opción y solo un 20% eligió la segunda. Gracias a esos resultados pude ver por qué lado se decantaba la balanza y, por eso, se supone que ahora estarías leyendo la segunda parte de Siete acciones que te podrían cambiar la vida.
“¿Por qué no lo has hecho?” Podrías con razón preguntarme. Intentaré explicártelo (si participaste en dicha encuesta, espero que me puedas excusar cuando leas mis motivos). De antemano aviso que, quizás al principio no entiendas por qué te estaré contando algunas cosas y, seguramente te quedarás sin saberlo si no terminas de leer el artículo, pues cada detalle está orientado para ayudarte a comprenderlo.

Yo estaba decidida a seguir el orden de preferencia de la encuesta, pero me di cuenta de que en mi vida se estaban dando una serie de sucesos que seguían “cierto patrón”, y fue eso lo que me hizo cambiar de idea. No sé si hablar de “casualidades” o “coincidencias”, por eso empezaba este artículo preguntando si existía la casualidad, ¿tú qué crees?

En la cuenta de Instagram que antes he mencionado yo publico muchos textos poéticos. Debido a eso, el día 20 de mayo, mientras intentaba subir a mis “stories” la encuesta para empezar con la votación, me estaban entrando mensajes de dos estudiantes a raíz de un texto poético que yo había publicado ese mismo día. Básicamente, eran unos mensajes de agradecimiento por haber compartido aquel texto, pues, al parecer había logrado encontrar las palabras que les levantarían los ánimos que desde hacía días habían perdido (estaban de exámenes, naturalmente, fechas en las que el estrés suele ser real para muchos, y yo me incluyo).
Aquí entre nosotros, os confieso que me da mucho pudor publicar lo que escribo, a veces me cuestiono si merece la pena hacerlo, hasta que recibo ese tipo de mensajes. Me doy cuenta de que, si puedo despertar esos sentimientos aunque fuera en una persona, eso es razón más que suficiente para compartir. Para seros sincera yo soy la que más agradece, no solo por la lectura de mis humildes letras, sino la voluntad de comunicarme su efecto. Pero bueno, sigo con el relato que ya me estoy yendo por las ramas.

Varios días antes recibir esos dos mensajes, exactamente el día 14 de mayo, recibía yo una llamada telefónica de una de mis hermanas. Esta llamada me pillaba en un momento “de bajón”, y recuerdo que en algún punto de la conversación nos pusimos a comentar la razón por la que mis ánimos no estaban por las nubes, lo cual se había agravado por el estrés académico del momento. En fin, la cuestión es que mi hermana me estaba ayudando a solucionar aquel marrón y yo pretendía agradecer su esfuerzo. Notando mis pretensiones me dijo: "¡Si las hermanas no están para estas cosas para qué las tiene una! Yo tengo que hacer esto, además confío en tu capacidad y sé que tendrás un buen futuro. Si a ti te va bien nos irá bien, ya verás. Estudias y te esfuerzas mucho".

Voy a pausar aquí el desarrollo de nuestra conversación para contaros unas anécdotas e ilustrar un poco otras cuestiones relacionadas con este tema...

En el periódico El País hay dos columnas que sigo especialmente. Una es la de un escritor y la otra es la de Rosa Montero. Ambos tienen una forma de contar las cosas y razonarlas que me recuerda mucho a mi abuelo, porque aparte de manejar bien el arte de juntar palabras considero que emplean o reflejan muy bien el sentido común en sus escritos que, dicho sea de paso, no es tan común hoy en día.

Precisamente, el día 21 de mayo intentaba yo ponerme al día con sus últimas publicaciones
. Ya sabéis, en periodo de exámenes puede resultar complicado seguir nuestra rutina, como tomarnos un tiempo y leer a nuestros autores favoritos o cosas parecidas. La publicación de la que quiero hablar en este artículo es una de Rosa Montero, una del 14 de abril de este año titulada La costumbre del ciego.
Contándolo muy resumidamente, entre otras cosas, lo que hace Rosa es retomar la noticia de una forense italiana que hizo su cometido el de descubrir la identidad de los inmigrantes que se ahogaban en el canal de Sicilia, a fin de honrarlos mínimamente con la dignidad de sus nombres. Saca a colación la
conmovedora historia de un niño de 14 años que murió en un naufragio en ese canal, en cuyo cadáver encontraron cosidos a su chaqueta lo que resultaron ser sus magníficas calificaciones escolares, que tal vez traía como forma de recordarse a sí mismo o mostrar cuando llegara a Europa, que era un buen chico y se esforzaba mucho. Lastimosamente, su destino sería diferente. “A cuántos muchachos como él se habrá tragado el mar!” También me pregunto yo. 
Cuando leí esta publicación de Rosa pensé en lo que le había respondido a mi hermana aquel 14 de mayo, cuando ella me decía eso de que yo estudiaba y me esforzaba mucho. Me preguntaba si sería una mera casualidad. Me acordé también del hecho de que gran parte de la conversación con mi hermana se había centrado en recordar a nuestro abuelo, en recordar las palabras que él decía muy a menudo.

Cuando éramos más pequeñas, nuestro abuelo nos decía: "Quien estudia nunca se arrepiente de haberlo hecho. No le encontrarás bajo un platanal llorando porque desearía ser ignorante". Una frase que después nos repetirían mi madre y los tíos como un mantra, sobre todo cuando alguno de los que estábamos a su cargo traía algún que otro suspenso o simplemente cuando su posición en el ranking de la clase bajaba, aunque hubiera aprobado todas (eso si iba a un colegio en el que se hacía dicho ranking). El ranking era una especie de ordenación de las calificaciones de los alumnos en función de su desempeño. Por ejemplo, si erais 40 en la clase, al final de cada trimestre podías acabar entre la posición 1 y el 40 según tus notas, con independencia de que hubieras aprobado todas o no.
Después de preguntarte si bajaba tu rendimiento o suspendías por una razón preocupante y todo lo demás, si en lugar de dar una explicación razonable intentabas poner simplemente excusas (tipo “es que me han suspendido”- que era no hacerte responsable sino culpar a otros), te soltaba alguno la frase del abuelo: "Quien estudia no se arrepiente de ello. No llora bajo el platanal deseando ser ignorante".
Cuando el abuelo decía estas cosas a mí me hacían mucha gracia, no porque no fuera importante el mensaje, sino porque era un señor que tenía esa capacidad de decirte algo muy, muy serio con el toque de humor o ironía necesarios si la ocasión lo requería. Era el tipo de persona que cuando la escuchabas parecía tener una sabiduría innata. Su capacidad discursiva era de esos atributos que uno desea que fueran genéticos, por si le pegaba algo.
Y yo, que de niña era extremadamente curiosa, me las ingeniaba para colarme en sus charlas (y en todas las de los adultos que podía) porque me agradaba escucharle hablar. Otras veces me llamaba él para que hiciera acto de presencia, especialmente cuando venían a visitarnos dos tipos de personas: los que él había sabido aconsejar de pequeños, que ahora venían para mostrar su agradecimiento, y los que había ayudado a traer al mundo. Esto último porque era enfermero de profesión, excelente matrón donde los hubiera.
Recuerdo los relatos en casa sobre los partos que habían asistido (mi abuela también era matrona). Comentaban que en los casos de partos hospitalarios, las mujeres sentían especial alivio cuando él estaba de guardia. Muchas veces le hacían llamar aunque no fuera su turno. Él, como el profesional con vocación que era iba bien preparado y a toda prisa.
Junto a la abuela asistía normalmente partos a domicilio, y la verdad es se les daba muy bien hacer su trabajo... Así que cuando pasaban por casa "sus hijos" se sentían muy contentos y hacían las correspondientes presentaciones.
La segunda frase favorita nos la soltaba el abuelo cuando pasaban los dos tipos de personas por casa, nos decía: "Veis? Hay gente que nace para ser persona (gente de bien)".
Gente que nace para ser persona significaba varias cosas:
La primera, que te podías encontrar con niños que tenían un entorno favorable para crecer de forma sana, pero que al final acabarían torcidos porque nacían con esa naturaleza, y otros que aun no contando con esa ventaja podían saber buscar, detectar e incluso aprovechar los consejos de extraños que tuvieran las palabras que ellos necesitaban oír. Podían hacerlo porque habían nacido para "ser persona".
La segunda hacía referencia a aquellos que sabían agradecer y aquellos que eran desagradecidos, y tuvimos ejemplos de ambos tipos. Estaban los que pasaban en frente de casa dando al claxon porque eran incapaces de bajar del cochazo que ahora traían, para tan solo saludar... Pretendían que el viejo y su familia corrieran hasta el coche para hacerlo. Obviamente, no lo conseguían y se marchaban porque ya no pisaban asfalto.
En estas situaciones él decía un refrán en fang (etnia y lengua vernácula de Guinea Ecuatorial) que no sé traducir al español, pero que utilizaba indistintamente para desagradecidos y para gente que no sabía administrar su riqueza.
Lo que venía a significar el refrán era que “cuando la riqueza y el poder caían en las manos equivocadas pasaban ese tipo de cosas”, y terminaba con un: "¿Lo veis? Si acabáis haciendo esto no será porque yo no os he enseñado".

En lo que íbamos creciendo, muchos jóvenes y adultos siguieron pasando por nuestra casa y él aún sabía encontrar las palabras para cada uno. Para mí sigue siendo una de las personas más sabias que he conocido, pero no porque fuera mi abuelo. 
A mí, por ejemplo, me llamaba para que le diera mi opinión y presenciara casi todas las reuniones familiares en las que se trataran asuntos importantes. Para los fang, normalmente, los hombres (sobre todo primogénitos) son los que formalmente han tenido esos roles en las familias y son los que suelen tener la última palabra. Mi abuelo era muy flexible en este aspecto y es algo que hoy sigo agradeciendo. Le daba un poco igual que yo fuera chica y bastante pequeña entonces, él decía que las personas con criterio y que sabían "razonar" debían ser las que tuvieran ciertas responsabilidades, independientemente de su edad y su sexo. Se centraba más en las aptitudes y actitudes de las personas para confiarlas según qué cosas. Mis tíos también me dieron la misma consideración. Creo que fue así como para mí las palabras "justicia" y "equidad" empezaron a tener sentido.

Después de estas anécdotas que yo espero no os hayan aburrido mucho, retomo la conversación del día 14 de mayo con mi hermana…

Reflexionando un poco sobre lo de estudiar y esforzarse para tener un buen futuro
, le dije a mi hermana que me gustaría que se cumpliera su deseo, pero que en los momentos que vivimos tener estudios no te garantizaba nada. Salvo eso de "no llorar bajo el platanal deseando ser ignorante", como decía nuestro abuelo, quien creía que si te habías preparado tu oportunidad al final terminaba llegando. Ciertamente, no termino de saber si mi respuesta fue fruto de mis ánimos hundidos en aquel momento, pero el resto de nuestra conversación fue bastante filosófica, hablamos un poco de los senderos de la vida y todas esas movidas.
La verdad es que al final de todo mi hermana logró levantarme los ánimos y supo encontrar las palabras que yo necesitaba escuchar en ese instante. Yo que justo antes de su llamada me había planteado incluso la posibilidad de apartar un tiempo la carrera (y que paradójicamente estaba terminando), ahora me encontraba con ganas de coger los apuntes y hacerlo todo lo mejor que podía. Es increíble el poder que tienen las palabras. 
Me inspiró mucho recordar cómo era nuestro abuelo, la vocación por su trabajo, la entrega a su comunidad y la dedicación a su familia.
Sentí otra vez una profunda necesidad de agradecer a mi hermana, por segunda vez me estaba dando cuenta de lo afortunada que era por contar con ella en ese momento y de haber recibido por "casualidad" una llamada tan oportuna. Ahora que lo miro desde otro ángulo, me viene a la mente otra frase favorita de mi abuelo: "si unís vuestras fuerzas vais a hacer cosas increíbles”.

El día 21 de mayo, unas semanas después de la llamada de mi hermana, me encontraba leyendo ese artículo de Rosa que hablaba sobre los posibles sueños de aquel niño. Me acordé de los mensajes de los estudiantes estresados del día 20 y de la conversación con mi hermana sobre los estudios y la vida. Me pregunté si toda esa relación de sucesos eran una mera casualidad o coincidencia.
¿Fue casualidad que me llamara mi hermana cuando lo hizo? ¿Fue casualidad que yo decidiera compartir ese escrito poético aquel día? ¿Cuánta casualidad había en el hecho de que me encontrara precisamente con ese artículo de Rosa?
Me pasé la siguiente semana y días pensando sobre los azares del destino, cuestionando en mi cabeza si de verdad existía la casualidad. Y fue entonces cuando volvió a pasar algo aún más extraño. Justo el día 5 de junio, dos semanas después de haber estado pensando sobre esta cuestión (porque yo soy así de darle muchas vueltas a ciertas cosas) recibía yo un correo electrónico de la organización Tedx, a cuya newsletter estoy suscrita. En el correo me recomendaban ver un vídeo, ¿a que no sabéis cuál era el título? Os lo digo, se titulaba "Everything happens for a reason"-and other lies I've loved. Traducido al castellano sería algo así como "Todo pasa por una razón"- y otras mentiras que me han gustado, es un vídeo de Kate Bowler. Ella relata cómo había tenido una vida casi idílica creyéndose eso de que “a la gente buena le pasan cosas buenas”, hasta que un día es diagnosticada de cáncer en un estado avanzado y su mundo entero casi se derrumba. Tras este acontecimiento, Kate intentaba entender lo que había hecho mal, no se explicaba porqué le estaba pasando eso justo a ella que siempre se había portado bien. No os voy a decir cómo acaba su relato para no hacer esto aún más largo, pero es un vídeo que os recomiendo mucho.

Os imaginaréis que tras la visualización de ese vídeo, mi cabeza volvió a retomar aún más el tema de la casualidad. Quizás me llamaréis supersticiosa, pero yo no creo en las casualidades. Así que me dije: "Estefanía, ¿porqué no escribes primero sobre esto y lo compartes, aunque la gente esté esperando otro texto?".
Como podéis ver, aquí tenéis (y no casualmente) un artículo sobre la fuerza de las palabras, los estudios y el esfuerzo. Un artículo sobre la vida misma.

Si existiera la casualidad...Mejor dicho, si yo creyera en la casualidad, hoy el artículo aquí sería otro.
Aunque ni siquiera he finalizado con mis obligaciones, he querido hablar de las palabras y acciones que me avivaron cuando otras casi me matan. Y solo a partir de ahora puedo escribir tranquila Siete acciones que te podrían cambiar la vida II.

Si tienes alguna palabra que compartir me encantará leerla en los comentarios. Gracias a ti que me lees con la ilusión que yo te escribo siempre.


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2 comentarios

  1. me ha gustado el articulo es conmovedor, vivaz realmente
    me ha animado el animo de seguir cuestionado mis proyecto de cine y alcanzar mis metas en lo que quiero en mi vida.

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    1. Por manifestaciones como las tuyas compartir tiene sentido. Gracias Andrés por ese momento que has tomado para leer y dejar este comentario. Muchos éxitos en tus proyectos, que la vida te sonría!

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