HISTORIAS COMUNES EN VERSIONES DIFERENTES

by - jueves, junio 08, 2017

Autora: Estefanía Mbá

Siempre me ha parecido curioso que un mismo acontecimiento cambie tanto en función de la persona que lo esté contando. Que, aunque dos personas te expliquen lo mismo, en cada caso puedas llegar a una conclusión diferente. Que digas en silencio que puede ser que ambas personas tengan razón o al menos intentes entender la posición de cada persona y comprender sus motivaciones. 
Rosaleda es una mujer que se aproxima a los cincuenta años, ex empresaria, peluquera de profesión y muy apasionada cuando habla de su familia y la juventud.  Es de Granada, pero en su niñez tuvo que recorrer con sus padres distintas ciudades andaluzas en busca de una vida mejor. Resume aquella experiencia de la siguiente manera: “Mira que no he salido de España, pero como en Granada en ningún sitio”.
Rosaleda tiene una madre dependiente. Ésta necesita asistencia para poder realizar sus actividades diarias. Aunque ya es una mujer de avanzada edad, su dependencia física es causa de una esclerosis múltiple. Rosaleda me comentó que su madre le transmitió lo importante que es la familia, sobre todo si los lazos son armoniosos. De modo que, intentan seguir sus consejos, los hermanos se visitan o se llaman si están lejos, procuran que las peleas no trasciendan, están presentes cuando hace falta y colaboran cuando alguno lo necesita. Por esa misma razón, a pesar del estado de su madre, todos los hijos y los nietos se encargan de atenderla. Dice que nota que su madre valora mucho que se estén encargando todos en la medida de lo posible, está muy orgullosa de ellos y muy feliz.
Le pregunté sobre lo que le parecía la idea de la residencia. Rosaleda fue tajante: “Yo siempre he intentado transmitir a mis hijos lo importante que es la familia, si a la primera ven que llevo a mi madre a la residencia ¿qué ejemplo les estaré dando? No es que en la residencia no pueda estar bien atendida o por falta de dinero, creo que es cuestión de valores y tengo que ser coherente”.
Silvana es una joven granadina de treinta años con apariencia de quinceañera. Graduada en enfermería, pero trabaja como esteticista a domicilio porque no encuentra nada relacionado con su ámbito de estudios. Llegó a comentarme que es tan buena en lo suyo, que algunas buenas empresas del sector le han ofrecido trabajo, pero trabajando sola gana mucho más. Así que ¿para qué complicarse la vida?    
Silvana me dijo también que tiene un hermano dependiente, su dependencia fue el resultado de un accidente de tráfico y en la actualidad se encuentra en una residencia. Me habló del gran cariño que se tienen y lo especial que es para ella. Le pregunté si no podían cuidar de él en casa. Su respuesta fue la siguiente: “Antes estaba en casa con nosotros, pero requiere cuidados especializados y mucha dedicación, todos trabajamos para sobrevivir y nadie para. Total, la situación se volvió insostenible. Mi hermano pudo acceder a una ayuda para personas dependientes, decidimos que lo mejor era pagar una residencia con ese dinero. Allí lo tratan bien y está muy contento. Los fines de semana vamos a buscarle y pasamos buenos ratos (se nota como se le asoma una sonrisa mientras lo dice) y en verano le llevamos a la playa que tanto le gusta”.  
Esas son las historias de dos mujeres, de diferentes edades, con experiencias de vida distintas, pero con una historia común contada en versiones diferentes.

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